¿Mamá Blanca, Mamá Rosa o…? por Carolina Jaimes Branger
En la cadena presidencial, repetitiva, fastidiosa, abusiva, necia… del 2 de enero, el Presidente Chávez anunció al país que construirá (todos los verbos los conjuga en futuro) el Centro de Educación Inicial Mamá Rosa, en honor a su abuela Rosa Inés Chávez, pues “será construido” en un terreno donde vivió el presidente cuando era niño. “Hace tiempo que yo tenía ganas de hacerle un regalo a Sabaneta”, dijo.
Yo tenía entendido que las instituciones educativas y lugares públicos en Venezuela debían llevar el nombre de una persona ilustre. De una persona con trayectoria conocida a favor de un gran sector de la sociedad venezolana. De alguien que hubiera sembrado y cosechado. De alguien que hubiera iluminado el camino de muchos. Sin desmerecer los méritos que haya podido tener la abuela del presidente como miembro de familia y ciudadana, no encuentro razón para que se le ponga su nombre al preescolar. La señora Chávez no fue alguien que se hubiera destacado particularmente en Sabaneta si no fuera porque su nieto hoy en día es el Presidente de la República.
Pero en Venezuela puede pasar cualquier cosa. Recordé la época de Lusinchi (quien dicho sea de paso terminó su mandato con el porcentaje de simpatía más alto que haya tenido presidente alguno), cuando en mayo de 1986 a una plaza pública le pusieron el nombre de Blanca Ibáñez.
Yo vi a la señora Ibáñez en El Limón, Maracay, vestida de militar, dirigiendo las operaciones de rescate en la tragedia de Ocumare. Nadie me lo contó, la vi con mis propios ojos cuando fui a llevar implementos para los damnificados. Ejecutiva, eficiente, daba órdenes a diestra y siniestra. A pesar de las críticas, Blanca Ibáñez adquirió en ciertos sectores la fama de ser una persona que trabajaba sin descanso por las clases desposeídas. Pero eso no la calificaba para que una plaza llevara su nombre. No habría suficientes plazas en Venezuela para llevar los nombres de quienes trabajan por los desposeídos, empezando por muchas monjas y sacerdotes católicos que lo hacen con toda mística, con todo amor y un perfil bajísimo. Puedo sugerir varios nombres, como los del prematuramente fallecido Padre Juan Cardón, o el Padre Armando Janssens.
El nombre de aquella fulana plaza desató una gran polémica política, cosa que no sucedió hoy. El Presidente Lusinchi enfrentó graves cuestionamientos por ser controlado a su antojo por su secretaria privada, quien de paso tenía un afán de protagonismo desmedido.
En aquel momento hubo personas allegadas al gobierno y al presidente que protestaron. A la plaza le cambiaron el nombre.
Pero no fue solo el nombre de su secretaria privada. Lusinchi también permitió (si no fue que se le ocurrió) ponerle el nombre de su madre, Doña María Angélica Lusinchi, a una escuela estadal en Miranda. Nuevamente, y con el respeto que se merece la señora, no encuentro razones para que una escuela lleve su nombre, pues hay personas con muchos más méritos que ella. En esta búsqueda me enteré que hay escuelas y centros técnicos con los nombres de las madres de varios expresidentes, con la excepción de las de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni.
Que una persona sea Presidente de la República no le da una patente de corso para hacer lo que le venga en gana, como me respondió alguien por Twitter. Es una falta de respeto con el país. Y si el nombre se lo puso uno de los tantos jalamecates que tiene a su alrededor, pienso que es su deber declinar el honor, en memoria de tantos con mayores calificaciones que merecían que la institución llevara su nombre.
Que el Centro Infantil de Sabaneta se vaya a llamar Mamá Rosa es un abuso similar al que cometió Lusinchi al ponerle a la plaza Blanca Ibáñez. O al preescolar el nombre de su señora madre.
¿Mamá Blanca, Mamá Rosa o Mamá “como-se-llame”? Mujeres distintas, ciertamente, pero el que usen sus nombres sin tener los méritos para que sean usados, es la misma barca atravesando el río…
Vía Noticiero Digital
